Las Personas No Son Ilegales


Departe de DANIEL GARZA

El trabajador agrícola por un largo tiempo ha sido una figura importante en la experiencia norteamericana. Sin embargo, sospecho que un gran número de norteamericanos, sin darse cuenta del daño que las palabras pueden causar, continúan refiriéndose al 48 por ciento de las personas que trabajan en el campo y en violación de la ley migratoria como “ilegales”. Pero somos mejor que eso, ¿no es así?

Hoy en día, la etiqueta ofensiva es ubicua: se encuentra en algunos periódicos y revistas, es utilizada por los supuestos expertos en programas que resaltan temas políticos, sale de las bocas de pequeños, y es repetida en oficinas cada vez que se toca el tema de la reforma migratoria.

Supongo que algunos de nosotros inconscientemente oímos esta etiqueta repetida por otros tantas veces que simplemente se convierte en un designio conveniente. En efecto, también se lo hacemos a varios otros grupos. Por ejemplo, devotos cristianos, particularmente aquellos de cualquier religión que expresan su fe públicamente, como Tim Tebow y George Bush, se convierten en blancos de ataque y desprecio público.

O quizá, algunos inconscientemente optan por usar este designio negativo porque sutilmente deshumaniza a estas personas para hacerlos aparentar menos que nosotros mismos, y así salvarnos de hacer un esfuerzo para considerar que sus sueños y aspiraciones son de igual importancia a los nuestros. Porque si sus sueños lo fueran, es decir, igual a los nuestros, haría toda la diferencia.

Actualmente, hay dos millones de trabajadores agrícolas –la mayoría que trabajan en el campo son de México– y a pesar del trato despectivo que reciben, silenciosamente continúan haciendo sacrificios personales y contribuciones vitales a la economía norteamericana. Estos sacrificios abarcan desde la separación de sus países de origen, de sus familias, y de lazos culturales hasta tener que laborar en los trabajos más desafiantes y arduos, los menos premiados, y bajo las más difíciles condiciones.

Yo mismo fui criado jugando a la sombra de los árboles del huerto y en las largas filas de las remolachas en los días que no había clases, hasta el día en que tuve suficiente edad para laborar al lado de mi familia, a los 14 años. Durante el tiempo que trabajé en el campo, probablemente presencié a agentes fronterizos estadounidenses en busca de trabajadores no autorizados una docena de veces. Hombres en uniformes verde oscuro con placas doradas salían de un convoy de camionetas oficiales justo antes que gritos alarmantes de “la migra” penetraran el dosel de árboles frutales, y enseguida se creaba un caos.

Hombres y mujeres desesperados, algunos con sus hijos en sus brazos, corrían para evitar la captura y la deportación. Nosotros nos quedábamos quietos junto a nuestras escaleras, esperando que mi padre pacientemente explicara al primer agente que se acercara: “Está bien, nosotros somos ciudadanos estadounidenses”. Y hay que reconocer que siempre le creían.

En ese momento me asaltaban sentimientos de resentimiento, confusión e impotencia. Mi instinto era el de intervenir, oponerme, obstruir. Pero cuando uno es muy joven, acepta las cosas con resignación. Es decir, la evasión constante, el anonimato y la invisibilidad son una forma de vida para aquellos que viven en las sombras, el precio implícito que uno paga por uno intento a conseguir la oportunidad.

Es una forma de vida que cobra un precio caro.

Recuerdo que una ocasión un compañero de trabajo se acercó a papá, y comentó que había decidido regresar a México después de cinco años de sufrir una vida dura en Estados Unidos. Trabajado al máximo, mal pagado, menospreciado, y cansado de vivir en la sombra, dijo que ya había aguantado suficiente. Mi padre le puso su mano en el hombro y le deseó lo mejor. Al final de la semana se fue y nunca lo volvimos a ver.

En el otoño de 1987 papá tomó la decisión de retirarse del campo para siempre y abrir un negocio. Después de treinta años de ganar el mismo sueldo, se quedó sin ningún plan de jubilación, sin un plan médico, sin acumular días de descanso o de enfermedad, y sin una fiesta de retiro. En silencio, nos subimos al coche un día después de haber llenado el último canasto de manzanas y nos fuimos.

Y aunque el mundo no tomó nota de este paso importante, fue un gran día para nuestra familia. Habíamos dejado atrás los días de trabajo arduo en el campo, y pronto nos integramos a la clase media, y nuestra familia se benefició.

Hay muchos incidentes más y otros recuerdos que aún permanecen conmigo y que reflejan las adversidades que enfrentan los trabajadores agrícolas y me hacen sentirme agradecido, cada día de mi vida, de aquellos que aún continúan afanándose, trabajando duro y sudando a la intemperie –día tras día– generalmente invisibles a una nación no siempre agradecida.

Aún más, muy pocos reconocen que la necesidad de los trabajadores agrícolas es indispensable. Al escuchar a quienes hacen un llamado para la deportación en masa, uno podría casi asumir que las frutas, verduras y carnes aparecen y siempre aparecerán en las tiendas y a precios baratos por obra de magia. También se podría asumir que existe una línea larga de norteamericanos agraviados y molestos porque sus puestos en el campo han sido tomados. Ninguna de estas creencias es correcta.

Ignorando que las semillas deben ser plantadas; los campos cultivados; los pequeños árboles irrigados, los árboles frutales podados, y las flores atendidas; que las frutas y las verduras deben ser fumigadas, mantenidas en calor durante el invierno, recogidas, clasificadas, empaquetadas, apiladas y transportadas por cientos de miles de personas, aun así muchos deportarían a estas mismas personas el día de mañana si fuera factible, sin tener en cuenta las consecuencias.

Y existen otros trabajos manuales que también desempeñan, como reparar techos, cortar el césped, lavar platos, ordeñar, limpiar cuadras de caballos, y atender a personas en la tercera edad, para nombrar solo algunas ocupaciones que no siempre reciben suficiente agradecimiento de nuestra nación.

Y a veces los utilizamos de chivos expiatorios cuando la economía va de mal en peor, cuando hay más desempleo, y cuando el gasto federal se dispara. Sí, lo reconozco, aproximadamente 12 millones violan nuestras leyes migratorias. Pero esto no es una excusa. El término “ilegales”, cuando se utiliza para etiquetar a personas que en general son buenas, decentes y trabajadoras, las criminaliza, y no a la acción ilícita que haya cometido, y no es correcto usarlo. Como otros ya han dicho: los seres humanos no son ilegales, lo que no es legal es la acción.

Con una facilidad asombrosa muchos se refieren a estas personas como “ilegales” mientras sus hijos escuchan estos comentarios. En realidad, no puedo pensar en otro grupo de niños norteamericanos expuestos a tan cruel desprecio de sus padres. ¿Es que acaso no sentimos el dolor de ser víctimas de ataque y objetos vivos de desprecio?

Ciertamente el pueblo norteamericano ha expresado libremente su continua inconformidad con todo lo que tenga que ver respecto al tema de inmigración desde la fundación del país, y seguramente el debate continuará más allá de esta generación. En realidad, este artículo no tiene el objetivo de persuadir al lector a favor o en contra de una reforma migratoria específica, sino que simplemente es un llamado a un diálogo respetuoso.

La sociedad estadounidense es la más bondadosa y compasiva del mundo. Pusimos punto final a la mancha milenaria de la esclavitud. Cuando el totalitarismo y el fascismo amenazaban con dominar el mundo, fuimos nosotros los que detuvimos su avance. Y estoy convencido de que hoy día, a pesar de todo, seguimos teniendo la fibra moral para resolver los difíciles retos que enfrenta nuestra generación.

Así que exprese su postura sobre la inmigración de acuerdo a sus convicciones; es, por supuesto, su derecho. Pero a pesar de su postura sobre el tema, mi esperanza es que como norteamericanos, examinemos qué es lo mejor para nuestro país, socialmente, económicamente y políticamente, sin tener que acudir a frases lastimosas que no aportan nada al diálogo.

Los inmigrantes en Estados Unidos siempre han mostrado una loable ética de trabajo, un compromiso admirable con la familia, y siempre han sido defensores y valiosos contribuyentes a nuestro sistema de mercado libre. Estas virtudes son las mismas que la gran mayoría compartimos como norteamericanos, y sobre todo como humanos.

Daniel Garza es Director ejecutivo de la Iniciativa Libre. Previamente fue subdirector en la Oficina de Asuntos Externos en la Casa Blanca.

About these ads

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s